En marzo, cuando empezaron las protestas en Daraa, Siria, yo estaba en Túnez. Estábamos mirando las noticias, cuando en un informe sobre Siria notificaron los primeros muertos en las manifestaciones.
– Bien, bien, bravos! – Escuché los comentarios con asombro.
Marwa, una chica que estuvo en la primera línea en las manifestaciones contra el régimen de Ben Alí, se retracta y me explica:
– “No, no es que nos alegremos de que hayan muertos! Pero si los reprimen con brutalidad, y hay muertos, más fuerza van a tener para seguir luchando, como nos pasó a nosotros. Por cada muerto, más personas van a salir a la calle a pedir el derrocamiento del régimen. La muerte de los mártires no puede ser en vano.”
Cinco meses después, efectivamente, las protestas no han parado, a pesar, o según la teoría de Marwa, justamente a causa de, la brutal represión y las muertes. Dijo Kapuszinski que los libros sobre las revoluciones empiezan analizando la miseria y el sufrimiento del pueblo, pero que “Deberían empezar, sin embargo, con un capítulo de análisis psicológico donde se explique el proceso por el cual un hombre oprimido y preso del terror, vence de improviso sus propios temores y deja de tener miedo”.(El Sha, 1982)
Publicado originalmente en Semanario Brecha
Las revueltas en Siria empezaron en Daraa, un la frontera con Jordania, a causa aparentemente, del arresto de unos chicos que pintaban graffitis contra el régimen: “l-sha’b yurid isqat al-nizam”. “El pueblo quiere la caída del régimen” es la frase que se escuchaba corear en las manifestaciones contra Ben Alí y Mubarak. Las familias se movilizaron para exigir su liberación y la chispa estaba encendida.
I – Extranjeros
Aziz, uno de los coinquilinos de la casa donde me alojo, me invita a una cerveza y me presenta a una amiga suya. A los pocos minutos, agarra el celular, sale al patio central, y no vuelve. Me quedo con su invitada, que voy a llamar Eva, que trabaja en Siria como cooperante. Cuando quedamos solas, Eva tapa el celular con el bolso, y empieza a hablar. Habla en voz baja, pero habla sin parar. Sin pausa, casi sin respirar. Cuenta historias, cuenta injusticias, cuenta lo que vive cada día. Cuenta de sus amigos arrestados y torturados. Cuenta de su amigo que no puede caminar porque le destrozaron los pies. De los amigos que creen están muertos, pero no pueden confirmarlo, porque el solo hecho de preguntar por ellos es un riesgo.
No confía en nadie. No confía ni en su amigo que le avisó que había llegado un periodista a su casa. También sabe que el riesgo que corre, como extranjera, es el de ser detenida y expulsada del país, mientras el riesgo de los sirios es de muerte.
– Los cooperantes hacemos nuestros informes, pero después los informes no llegan a dónde tienen que llegar. Los jefes son todos parientes entre si, y si queremos seguir trabajando en Siria tenemos que atenernos a lo que ellos quieren oir.
Se le quiebra la voz y baja todavía más el tono si es posible.
– Vas a escribir estas historias?
Dice que ella misma no puede escribir nada de esto, porque es extranjera, y sabe – o cree – que está bajo vigilancia. Eva está asustada pero yo también lo estoy. Acabo de llegar a Damasco, no le avisé a nadie que venía y tengo visa de turista. ¿Como llegó Ana hasta mi en menos de 3 horas?
– No hace falta que lo digas – me confía Eva – pero ya conocemos el perfil: extranjeros, de visita por pocos días, buscando una habitación en el centro de Damasco, son periodistas. La noticia corre rápido, y nos avisamos unos a otros.
II – Leales
Jadir es rubio de ojos azules, habla hasta por los codos y no para de quejarse de todo. Del gobierno, de los revolucionarios, de los extranjeros, de los periodistas. Es amigo de alguien en la casa, pero nunca supe de quién. Trabaja para el gobierno y defiende al presidente Al Asad.
“Pero no defiendo a los que están a su alrededor, hay mucha corrupción. El presidente es un buen hombre, pero hay mucha gente a su alrededor muy corrupta”. Encontré muchas personas como Jadir, que defendían a Al Asad, y culpaban de todo a su entorno, o al destino: “Fue mala suerte que el incidente fuera en Daraa. Allí es una zona tribal, y no pueden dar vuelta atrás. No pueden. Es una cuestión de honor, si ofendes a una persona, la tribu tiene que lavar su honor. Si matas a alguien, la tribu tiene que vengar su muerte. Entonces hasta que Al Asad no les de lo que quieren, no van a parar, porque si lo hacen, entonces para la sociedad no valen nada”
– Que es lo que quieren?
– Quieren la cabeza del Jefe del Ejército, y la del hermano del presidente Al Asad. No piden pan, democracia, o trabajo. Piden dignidad.
– Al Asad no va a entregar a su hermano.
– No, por eso digo que su situación es delicada. Que puede hacer? Si el incidente hubiera sido en otro lado, tal vez podría negociar, pero con las tribus es difícil. Se han reunido varias veces y el presidente a cortado varias cabezas, pero no es suficiente. Es una cuestión de honor.
Antes de irse Jadir me advierte, señalando a sus propios amigos sentados a pocos metros, en la mesa: no confíes en nadie. Después casi me ruega que no le diga a nadie que soy periodista y que me mantenga alejada de cualquier cosa que pueda parecer sospechosa.
-¿Qué cosa puede parecer sospechosa? Que quiera entrar en Siria ya es sospechoso! – Jadir se ríe.
– Si no te siguen no es porque no sepan que sos periodista – bromea – sino por falta de personal. Pero no les des motivos.
III – Oposición
La teoría de Ana, una activista de Damasco, es otra. Según ella, las protestas habían empezado mucho antes, en otras ciudades, pero no habían tenido repercusión porque los muertos no habían sido tantos. Para Ana, la situación es mucho más que complicada. Es simplemente, de vida o muerte.
Tiene veinte años, estudia en la Universidad. Junto a otros compañeros, se ocupa de difundir videos y fotos de las protestas en la red.
– Es peligroso – dice – pero se consigue. Tenemos que estar siempre buscando proxys, esconder el rastro, pero hay gente que lo sabe hacer.
– Salen muchos testimonios en medios de todo el mundo sobre la situación en Siria. Que más puede hacer la comunidad internacional?
– Tienen que intervenir! Tienen que sancionarlo! Tienen que contar más cosas! Es la única manera de que no nos sigan matando como a animales. Salimos a protestar y no sabemos si vamos a volver. Pero no nos importa. ¿Que podemos hacer, seguir viviendo como vivimos, aterrorizados? Peor no podemos estar.
– Porqué empezaron a protestar ahora, y no antes?
– Es que siempre hemos protestado! Siempre ha habido represión, torturas y desapariciones! Esto no es una democracia ni nada parecido. No podemos hablar, ni decir lo que pensamos, ni somos libres de hacer nada.
– Que posibles soluciones hay para este conflicto?
– Que cambien el gobierno! Al Asad se tiene que ir, porque no aceptamos más vivir aterrorizados, como animales. Hay un límite. Lo que pedimos es vivir como seres humanos. O nos matan a todos, o se van.
Dice “Nos matan a todos” en voz alta, caminando por las calles de Damasco, mientras me acompaña a comprar dátiles. De vez en cuando mira hacia los costados, parece acordarse de que alguien puede oírla, pero después sigue hablando. Tal vez realmente no tiene miedo.
Crónica de una infiltración anunciada
En marzo empecé a buscar cursos de árabe en Medio Oriente. Uno de los países con más prestigio en la enseñanza del árabe es Siria. Aunque las aplicaciones son para cursos de idiomas, hay que especificar la profesión, y siempre puse periodista.
A fines de mayo, aunque las revueltas continuaban y se dijo que todos los periodistas estaban siendo expulsados, mandé una solicitud de visa al consulado Sirio en Italia.
Me mandaron un formulario y me explicaron que como periodista free lance debía tenía que adjuntar una carta explicando brevemente mi trayectoria profesional. Siguiendo las recomendaciones de varios colegas, cambié la solicitud para una escuela en Amman.
En agosto vine a Amman a hacer el curso de árabe. La situación en Siria se seguía deteriorando, y las versiones sobre la persecución a periodistas eran variadas. Escribí al consulado uruguayo en Amman, preguntando si para entrar en Siria por tierra, aún como turista, necesitaba una visa previa o podía hacerla en la frontera. Me respondieron que tenía que tramitar una visa en el consulado sirio de Amman.
Le escribí al consulado sirio de Amman, presentándome como periodista y solicitando un visado de tres días para visitar Damasco por motivos personales. Nunca me respondieron.
Entonces, me tomé un taxi y fui hasta la frontera, donde un funcionario de aduana, sin muchas preguntas y previo pago de 33 dólares, me dio un visado de turista por 15 días.


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