Hasta que un oficial sirio se asomó por la ventanilla del taxi y le preguntó al chofer si alguno de los pasajeros era periodista, yo no sabía lo que era tener miedo. Pensé que había tenido miedo muchas veces, pero ahora se que no. Estaba sentada en la parte trasera de un taxi, camino a Damasco. Un oficial con bigote fino y lentes negros paró el taxi en un puesto de control. El taxista le entregó los pasaportes sin esperar ninguna pregunta. El oficial controló los documentos despacio, después se asomó por la ventanilla del taxi y preguntó:
– Quienes son ellos? No andan haciendo preguntas?
– No – dijo el taxista señalando el asiento del acompañante. – El es sirio y ella es su novia.
Yo estaba sentada atrás, recostada contra la ventanilla. Miraba un punto fijo, dejando que me diera el sol en la cara para que, frunciendo el entrecejo, se notara menos el nerviosismo. Contaba hasta tres para tomar aire, después contaba hasta tres para expirar despacio. El oficial le entregó los pasaportes al chofer y con un gesto le indicó que siguiera.
– Mafi mushkila/ no hay problema. – dijo con un suspiro – solo buscan periodistas.

Mi acompañante traduce:
– No hay problema, solo controlan para que no entren periodistas.
No necesito traducción. No hablo árabe, pero en la ruta a Damasco podía entender perfectamente cualquier conversación en todos los dialectos árabes desde el Magreb hasta el levante. Sahafía, periodista. La palabra me retumba en el pecho cada vez que la escucho. No me la voy a olvidar nunca jamás en mi vida.
A las cinco de la tarde.
Llego a Damasco a las cinco de la tarde. Antes de medianoche ya asistí a cuatro reuniones en las que el tema único de discusión es la situación política. Quisiera describir las reuniones, las casas en las que estuve, como me contactaron, pero no puedo hacerlo. Si mi pellejo estaba en juego, el de la mayoría de ellos pende de un hilo. La diferencia es que yo temblaba de miedo, y a ellos no se les mueve un pelo.
– De que tienes miedo? – me preguntan. – A los extranjeros no les pasa nada en Siria. Tienen mucho cuidado con los ellos. Que te puede pasar? Que te expulsen de país. Tal vez que te dejen una noche en prisión.
Un arresto, una noche en prisión, una expulsión, le parece muy poca cosa. Directamente me preguntan:
– Sabes lo que está pasando en Siria? De que lado estás?
– No estoy de ningún lado.
– Pero has escuchado lo que está pasando?
– Por lo que sale en las noticias.
– Pasa que estás en tu casa, viene el ejército, rodean todo el barrio y arrestan a todo el mundo. Algunos vuelven a sus casas y otros no. Eso es lo que pasa.. Pasa que cada viernes matan gente. Los matan como si nada. Como si no fueran personas, como si matas a un animal. Salimos los viernes y sabemos que algunos de nosotros no vamos a volver a casa
– Cuando va a parar este espiral de matanzas?
– Cuando se vaya o nos maten a todos. Porque no tenemos miedo de morir. Ya no tenemos miedo.
No debe de tener más de veinte años. Habla como si ella sola fuera a derrocar el régimen, el servicio secreto y el ejército juntos. Si hay unos cuantos como ella lo harán seguramente.
El turista distraído
Camino por las calles estrechas de la medina. Ni el turista más distraído puede recorrer las calles de Damasco sin enterarse de que el país está en conflicto. Por las callejuelas calcinantes de Damasco corre lava. El miedo, la desconfianza, la rabia, están a flor de piel.
Mahmud duerme sobre el mostrador de su negocio. Vende telas, las magníficas telas damascenas que fascinan desde hace siglos. El souq hierve de gente, pero las tiendas de telas están semivacías. Los compradores sirios compran pan, zumos, especies. Gritan, discuten precios, arrastran a los niños, se prueban ropa en medio del caos, desparraman las pilas de camisas en busca de aquella más bonita y más barata. Muchas tiendas exponen magníficos vestidos, telas fascinantes, pero para estas no hay compradores. No se porqué, despierto al vendedor que duerme sobre su mostrador.
– Salam aleikum! Salam aleikum!
– Hello, hello! – me contesta un poco aturdido.
Mi acento y mi camisa de cuadros le indican inmediatamente que está frente a un extranjero. Se espabila rápido y me baja el chal que le indico con el dedo. Cuesta 1200 liras sirias, unos dos mi pesos.
– Iktir gali! – le digo. Cuesta muy caro!-
Es de seda pura, me explica, y enseguida me ofrece una rebaja. Distingue seguramente con una mirada al turista que le puede pagar las piezas caras, de aquél que solo va a comprar un recuerdo de Damasco. Aún así, revuelve el diminuto negocio para enseñarme los mejores bordados. Mientas desenrolla increíbles piezas que sabe que no le voy a comprar, me pide disculpas por su inglés.
– Hace tiempo que no hablo inglés y he perdido la práctica. Hace cinco meses que no vienen turistas a Damasco, sabe? – Acentúa la fecha: cinco meses.
– Puedo aprovechar para practicar el árabe – le contesto sonriendo.
– Es una mala época para venir a Siria – sigue contando. – Nadie viene. Los negocios están en quiebra. No hay turistas.
– Inshallah/ Si dios quiere todo va a volver a la normalidad pronto.
– Inshllah. – Contesta con la voz apagada. – Pero las cosas no van a mejorar por ahora. Unos pocos se quedan con mucho dinero, unos pocos corruptos, y todos los demás seguimos pobres. Esto tiene que cambiar.
El diálogo sigue así: yo no le estoy preguntando nada y el me está mostrando telas. El es un vendedor, y yo, una turista distraída.
Quién es quién.
Necesito una sim card siria. Doy algunas vueltas cerca de Bab Tuma, hasta que encuentro un negocio de telefonía. Una foto de Al Asad en uniforme militar cuelga de la pared repleta de aparatos ultimo modelo. Las fotos de Al Asad están por todas partes, vestido de todas formas, acompañado a veces de la foto de su padre. El todos los países medio orientales que he visitado, la foto de los reyes, emires o simplemente dictadores, está por todas partes. Por eso la foto de Al Asad no me llamó la atención.
Cuando le pedí una sim card, una amplia sonrisa se le dibujó en la cara.
– Una sim card, claro. Solo necesito su pasaporte, por favor.
Hasta aquí el trámite es normal. Una fotocopia del pasaporte. El comerciante de telefonía celular, al contrario de la mayoría de los comerciantes, no se dijo sorprendido de ver una turista en Damasco. Se dijo sorprendido de que no me quedara más tiempo.
– Porqué no se queda más días en Damasco?
– Es que tengo que volver a mi curso de verano – le explico.
– Ah! Porque no se tomó un curso de verano aquí en Damasco? Aquí hay mucho más libertad para las mujeres, no como en otros países de la región, donde tiene que cubrirse la cabeza.
– No lo sabía. – le contesto.
– Aquí hay libertad de prensa, se puede circular tranquilo por las calles! Mire lo que pasa en Egipto, lo que pasa en Libia, hay muchos problemas en otros países.
Mientras me habla de las virtudes de Siria, el comerciante me pide que ponga los pulgares sobre una máquina lectora de huellas digitales. Luego, pasa una máquina lectora sobre mi pasaporte.
– Que es esa máquina? – le pregunto en el tono más inocente que tengo. – Una máquina de fotos?
– Porque lo pregunta? – la cara se le transforma. – Si, es una máquina de fotos. Cuál es el problema?
– Oh, es solo que nunca había visto una así! Estos aparatos no han llegado a Uruguay.
Solo entonces noto que además de la foto de Al Asad en uniforme militar, en la vitrina hay una foto de Al Asad con su esposa y su hijo en brazos. En otra, está Al Asad con un grupo de personas, entre ellas quizá el comerciante, pero intento no detener mucho la mirada en ellas. Después de rellenar el formulario con mis datos, le pregunto si ya puedo activar la sim. Me contesta que no.
– Le envié la solicitud a la empresa, tienen que aprobarla.
– Claro – le respondo. – Mientras espera la respuesta tal vez puedo aprovechar ir a hacer una fotocopia de mi pasaporte aquí a la vuelta.
– Oh, no! – me dice sujetando mi pasaporte – solo es un minuto. Tenga paciencia.
Estoy sudando. El calor abrasador de Damasco me seca el sudor de la cara pero las manos se me empapan. Solo estoy comprando una sim card. ¿Porque estoy paralizada de miedo? El comerciante no me dijo nada, solo tomó mis datos. Estoy paralizada de miedo porque no se si el comerciante es solo un comerciante. Porque no se si mis datos son solo para la compañía telefónica. Porque en Damasco, lo que paraliza de miedo es la desconfianza de no saber quién es quién. Porque el sabe, y yo también, que no hay turistas distraídos recorriendo Damasco.
Publicado originalmente en Semanario Brecha. Agosto 2011.
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