Malena canta el tango como ninguna
La doctora Magdalena Delgado camina entre los montones de basura, cabras y verduras de la feria de Adigrat, en Etiopía. Un grupo de niños sonrientes, sucios y mal vestidos, de los que pululan por la ciudad, la sigue entre el gentío. Cuando la alcanzan, uno le dice en perfecto español: “Malena canta el tango como ninguna”. Después le ofrece una sonrisa enorme y le extiende la mano: “give me, give me”. Cualquier cosa les sirve. Una moneda, un remedio, un lápiz, hasta una botella vacía de coca-cola.
El idioma oficial de Etiopía es el amárico, pero se hablan muchas otras lenguas y dialectos. Aunque el inglés se enseña en las escuelas, los niños lo aprenden en las calles de Adigrat. En las afueras de la ciudad se instaló en 2003 el campamento de Naciones Unidas, con el objetivo de garantizar la paz en la frontera con Eritrea. Rondando el campamento los niños aprenden todas las lenguas que allí se hablan, y piden cualquier cosa que vean.
El cuerno de Africa
Etiopía se encuentra en una de las zonas más pobres y conflictivas del planeta, en el llamado Cuerno de Africa. Limita al norte con Eritrea, al noreste con Djibuti, al este con Somalia, al sur con Kenia y al oeste con Sudán. La conflictiva relación son sus vecinos y las sucesivas guerras han devastado uno de los países más antiguos del mundo, con más de tres mil años de historia. Actualmente, Etiopía es uno de los países más pobres del planeta, con una población de más de 75 millones de personas y una esperanza de vida de 49 años.
Malena fue parte del ultimo contingente uruguayo en la Misión de Naciones Unidas en Etiopía. Su cargo era el de Médico del Contingente Uruguayo, que se encontraba en Etiopía en Función de Evacuación. El campamento uruguayo era de 33 personas, solo 3 de ellas mujeres, cuya función era el soporte al funcionamiento a dos helicópteros. El container donde la Dra. Delgado recibía a sus pacientes hacía de consultorio y además de dormitorio, en la parte trasera. El principal problema del contingente eran las terribles diarreas, que padecía de forma casi crónica todos los soldados. El motivo, el agua o las verduras compradas en los mercados.
El contingente indú, que eran unos 250 integrantes, era el responsable del hospital para todo el campamento y las oficinas de Naciones Unidas. Allí se encontraban personas de todos los continentes y decenas de nacionalidades diferentes. Allí acudían los habitantes de los alrededores, a pedir medicamentos, a consultar por infecciones, diarreas, y dolencias de cualquier tipo. Le llamó la atención a la doctora no ver prácticamente personas con discapacidades. “A pesar de haber habido una guerra, no habían personas mutiladas o con alguna discapacidad evidentes. Luego entendimos que una persona discapacitada simplemente no sobrevivía en ese entorno mucho tiempo”.
Las condiciones sanitarias y alimenticias de la población son paupérrimas, según relata la Dra. Delgado:“Aunque no era nuestra misión, cada día atendíamos niños enfermos, les suministrábamos medicamentos, lo que tuviéramos, aunque sabíamos que era un esfuerzo en vano. Al volver a sus casas se volverían a contagiar la enfermedad a través de sus hermanos”. “You have to give me nos decían los niños, todo el tiempo, en todas partes. El concepto de que estábamos allí para ayudarlos estaba arraigado en la población, y nos pedían constantemente cosas. Al principio les entregaba lo que tuviera, luego me fui haciendo más impermeable y aprendí a decir que no”.
Aunque por un motivo de política de las Naciones Unidas los funcionarios deben evitar el contacto con la población, el relacionamiento con los etíopes fue muy bueno. “La generosidad de la gente y la alegría que transmiten es increíble. Muchas veces me invitaron a sus casas a la ceremonia del café, que es un ritual muy importante para los etíopes. Me invitaban a comer “téf”, la comida típica que es una especie de panqueque y es lo que comen mañana, tarde y noche en sus casas”.
En octubre terminaron de levantar el campamento, llevándose consigo todo lo que habían traído: tiendas, camas, medicamentos, ropa. “En el desierto no quedó nada más que despojos. Aún así, los restos eran un botín increíble para los etíopes, que en minutos invadieron el campo y llevaron a sus casas todo cuando encontraron: bolsas de nylon, envases vacíos, pedazos de hierro retorcido. El campo quedó tan despejado como si nunca hubiera habido allí un campamento”
Bailando por un sueño
Magdalena Delgado conocía la experiencia algunas compañeras de facultad que habían participado en Misiones de Naciones Unidas, y después de recibirse empezó a buscar el modo de poder participar. La experiencia profesional y humana que podía llegar a recibir fueron sus principales motivos, la posibilidad de ahorrar dinero para su regreso fue el segundo. “Siempre quise viajar, siempre me interesó conocer otros países, tener experiencia, y Africa había estado en mis planes” dice con sencillez.
No muchas personas están dispuestas a dejar casa y familia para internarse en un campamento en medio de la nada. Muchas veces las misiones militares no cuentan con militares voluntarios suficientes para completar el contingente, entonces contratan civiles. La Dra. Magdalena Delgado debió ingresar al ejército para ser contratada con rango militar, que es obligatorio, y era la única civil de la misión. Al regresar a Uruguay renunció a su cargo y continuó con sus estudios de posgrado y su trabajo como médico.
Después de pasar seis meses en el Campamento, en condiciones que al principio fueron muy duras, el regreso a Uruguay también fue impactante. “Después de vivir ciertas cosas, de ver las condiciones en las que están muchas personas, de cada día enfrentar situaciones tan duras, volver a Uruguay y al encender el televisor ver “Bailando por un sueño” me resultaba inaudito”.
Publicado originalmente en Rumbo Sur – Junio 2009
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