
A mediados del siglo pasado los qataríes vivían en Khaimas en el desierto, la servidumbre eran esclavos hindúes que comían a su mesa y la peregrinación a La Meca se hacía en camello.
Se habían dedicado siempre a la cría de camellos, cabras, ovejas, al cultivo de dátiles y a la recolección de preciosas perlas en los arrecifes de coral de las costas del Golfo.
Solo en 1962 el Rey Faisal de Arabia Saudita cedió a las presiones de occidente y abolió la esclavitud, recién en 1973 se reunieron los países arabes en la Liga Arabe y se enfrentaron a occidente creando la Crisis del Petróleo y apenas en 1970 Qatar se independizó de Arabia Saudí.
Algunos cambios fueron rápidos: pronto todos fueron millonarios, pronto viajaron a occidente, pronto cambiaron las Khaimas por palacios de mármol y los camellos por autos de lujo.
El dinero y la modernidad no vinieron, sin embargo, de la mano. Medio Oriente mantiene un difícil equilibrio entre el inmenso poder económico que le permite acceder a los lujos y caprichos más ostentosos, y su férreos apego a los valores religiosos y culturales tradicionales.
Las mujeres, siguieron escondidas en sus casas tapadas con la abbaya y los beduinos en sus khaimas moviéndose por el desierto.
Qatar es un estado islámico y la Shariaa (ley islámica) es la principal fuente de legislación. Quienes tienen el privilegio de tener nacionalidad qatarí tienen garantizada la enseñanza gratuita, el terreno y el préstamo para construirse una casa, un puesto de trabajo en el estado si lo desean y regalías por los derechos del gas y el petróleo.
Viven en ostentosos palacios construidos practicamente en medio del desierto, viajan a occidente y asisten a las mejores universidades del mundo.
En Qatar no se pagan impuestos, y el combustible cuesta 5 veces menos que el agua.
La mayoría de los habitantes de Qatar vive en Doha, la capital, y en dos o tres ciudades menores sobre la costa del Golfo. En Doha, la vida recuerda a cualquier cuidad de occidente.
Edificios ultramodernos, coches de lujo y centros de compras atestados de gente. Aún así muchas familias beduinas se niegan a subirse al tren de la modernidad y continúan viviendo en sus khaimas en el desierto y criando camellos.
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