El temible ejército y los otros.
Me cuesta entender que los israelíes sueñan con el momento de entrar en el Zavá. Las mujeres prestan servicio durante 2 años, los hombres 3. Es un privilegio, un gran honor, servir al país desde el Ejercito, y se cultiva – dicen – desde la más tierna infancia en todas las familias. El ejercito en Israel, me dice Amir, es una necesidad para la supervivencia, por eso es obligatorio.
Hay algunas excepciones a la obligatoriedad del servicio militar: discapacitados, religiosos ortodoxos, e Israelíes de origen árabe. Hay otros que pueden no hacer el ejército: los pacifistas. Por motivos religiosos los judíos ortodoxos (un 25 % de la población de Israel) pueden optar por hacer o no el ejército, y tradicionalmente no lo hacen. Mis amigos me cuentan con orgullo que últimamente, bajo condiciones especiales, son cada vez mas los jóvenes religiosos que deciden realizarlo. Los israelíes árabes son exonerados del servicio porque podrían sentirse «violentados», por decirlo de alguna manera, de tener que matar a sus hermanos. Pueden optar por hacer el ejército si así lo desean, pero por más voluntad de servicio que tengan para con su país, no pueden ocupar altos cargos de mando. Obvias razones.
El cuarto grupo de «exonerados», los «pacifistas», no es que tengan exactamente la opción de no hacer el ejército, sino que van presos por ello. Sin embargo, luego de reiteradas reclusiones, si el individuo se mantiene en su posición el juez lo deriva a organizaciones sociales donde prestar servicio pacífico. Los años de servicio a la patria no son un optativo, y en esto si le va la vida a Israel.
Pregunto si son muchos los jóvenes que se niegan a integrarse al ejercito y me responden con exagerado y sincero orgullo que son menos del 0, 0005 %. Lo que no me dicen es que cada vez son mas los jóvenes que se niegan a emplear las armas para defender su patria; y que cada año son mas los militares y reservistas que se declaran en rebeldía contra el ejercito para no participar en la ocupación de Estado de Israel. Se habla de unos 1.300 reservistas declarados en rebeldía contra el ejército. Cuando pregunté con cuantos efectivos contaba el ejército solo sonrieron.
Annat. Annat habla español con acento porteño. Sus padres son judíos argentinos, ella nació en Israel hace 19 años. Annat es un «shinshin», jóvenes voluntarios que cumplen un año de servicio comunitario antes de ir al ejército. Nos recibe la aldea juvenil de «Nitzana» un centro de atención a inmigrantes judíos etíopes, en el tórrido desierto de Néguev, cerca de la frontera con Egipto. Mientras recorremos el desierto y escuchamos su historia, nos sobrevuelan constantemente los F16 de las FF.AA. Sobre la frontera hay además un Zeppelín capaz de detectar el movimiento de un ratón en el desierto. Annat quiere ser útil a su país para construir un mundo mejor, no justifica una sola muerte, de ningún bando, durante la guerra de los 6 días, y dice además que para evitarlo podrían haber entregado el desierto. Tiene que presentarse al zavá en la próxima primavera.
Shlomi. Es parte del 0,0005 % que se niega a integrarse al ejército, no por miedo, sino por principios. Cumple tareas comunitarias como Guía en museos. No ha tenido ningún conflicto por ello, simplemente sabe que las armas no han conseguido ni conseguirán la paz que israelíes y palestinos buscan, para vivir y convivir en armonía, que es lo que necesitan. Dice que cada vez son mas los jóvenes como él, que quieren construir el futuro sin las armas.
Noah y Li. Acaban de terminar el ejército y trabajan como mozos en un restaurante en Tiberías, en el Mar de Galilea. Ahorran dinero para viajar de mochileros, como hacen centenares de israelíes al terminar el ejército. El destino de la mayoría es América del Sur, también Asia y en menor parte Europa. Viajan para descansar y desestresarse del ejército durante aproximadamente un año. Me cuentan que la mayoría empieza la universidad después de viajar. Otros muchos deben empezar una cura de desintoxicación, pues se vuelven drogadictos. Otros tantos, como Li, no piensan volver, pues dicen, no podrían vivir en un país en guerra.
Tzvika otra vez
Tzvika me pregunta: De que modo vamos a defender este pedacito de tierra que tantas vidas ha costado? Y si lo perdemos, a donde iremos? No se la respuesta. Casi traidores de la patria, los pacifistas no son un orgullo y aparentemente no hay nada que aplaudir en ellos. La sangre me hierve, pero los panfletos flaquean cuando hablo frente a frente con un sobreviviente del Holocausto
Tzvika tiene la mirada calma y limpia, sonríe con cada palabra y me enternece con cada gesto de amor a su esposa Ana, uruguaya, cristiana, 20 años menor. No puedo juzgar a Tzvika por su pensamiento, ni dejar de pensar lo contrario.
Israel, junio 2004
Publicado Originalmente en la revista El Gato Negro.

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