Escribo desde un hostal en Beirut, en el barrio artístico de Gemmayzeh. La ciudad parece estar a punto de derrumbarse. Portales que penden de una viga temblorosa, edificios con la fachada completamente destrozada, ventanas señoriales con todos los vidrios rotos, cubiertos algunos con lonas, otros dejando al descubierto viejos palacios descascarados y convertidos en refugio de desplazados.
La gran explosión del puerto, en agosto de 2020, arrasó con el barrio de Bar Mikhael y edificios de toda la redonda todavía muestran los daños. Pocos han sido reconstruidos, algunos están en obra, otras solo tienen andamios, la mayoría parecen haberse vuelto a ocupar sobre las ruinas, en las que cuelgan largas hileras de ropa. Bajo una arcada descascarada, entre escombros y cristales rotos, dos señoras beben vino como si no pasara nada.
Beirut me recuerda a alguien. Creo reconocer las esquinas. Quiero sentarme a tomar un café en una plaza, como he visto hacer en tantas películas. Marie-Kate, a quién conocí en el hostal, me recomendó ir a Paul, un bar de estilo francés que está muy cerca de la Mezquita Al-Amin. Paso por allí al caer la tarde y la encuentro junto a Mahdieh, su colega iraní, tomando café y compartiendo una tarta de pistacho. Me saludan con grandes gestos de alegría, como si fuéramos amigas de toda la vida. El mozo nos ignora durante un buen rato y cuando se le da la gana, pasa a tomar la orden. Pago en efectivo. En Paul, como en la mayoría de los comercios del país, no se aceptan pagos con tarjeta de ningún tipo.
Ya es noche cerrada cuando volvemos caminando por la calle Gouraud, en Gemmayzeh. Está llena de cafés encantadores que mezclan sofás modernos, lámparas antiguas y platos típicos libaneses. Hay grupos de jóvenes con sus laptops y turistas recorriendo tiendas de diseño. Solo dos cuadras más abajo, la oscuridad es total. Las luces del alumbrado público y los semáforos no funcionan en casi toda la ciudad. Al llegar al hostal vemos que han puesto un cartel con los horarios de corte de electricidad que empezarán a partir de mañana. Casi todo el país tiene cortes de Internet, electricidad o agua en forma intermitente, y solo quienes pueden acceder a un generador tienen acceso, aunque depende del suministro de combustible, que no está garantizado.

En las noticias sale que una mujer asaltó un banco con un arma de juguete, para exigir la devolución de sus propios ahorros, los que necesita para pagar el tratamiento médico de su hermana. Las cuentas están bloqueadas desde la crisis de 2019. Eventos similares ocurren cada vez con más frecuencia. La inflación supera el 160% y es una de las más altas del mundo. Los comercios rara vez exhiben los precios porque el valor de la lira cambia a cada momento.
No lejos del lugar donde ocurrió la explosión, en la zona de Zeitouna Bay, el mundo es completamente diferente. Hay yates en el muelle, edificios descomunales, modernos, de arquitectura impactante. Porteros vestidos de traje, autos descapotables, empleadas domésticas paseando perros de raza y grupos haciendo deportes. Un apartamento allí puede costar ocho millones de dólares, cuenta Cécile, que se dedica a promover eventos culturales y tiene su público entre las clases altas del Líbano, cuyo nivel de vida dista años luz del de la mayoría de la población del país. En el centro de la ciudad, el antiguo mercado llamado el souk, ahora reconstruido, alberga tiendas de marcas internacionales desde Zara hasta Chanel, galerías de arte y restaurantes de lujo.

No hace falta alejarse mucho de la burbuja para que vuelvan a golpear los contrastes. Subiendo por la calle Damasco, donde estaba la antigua “línea verde” que separaba la ciudad en dos facciones durante la guerra civil de 1975-1990, vuelvo a encontrar edificios abandonas a medio construir o antiguos palacios destruidos, aún con las marcas de la guerra. Me topo allí con el Beit Beirut, Museo y Centro Cultural Urbano, un edificio de estilo francés con la fachada completamente destrozada, que fue bunker de francotiradores durante la guerra. Dos guardias desgarbados que custodian la entrada me dejan pasar. El edificio, reconstruido en museo de estilo moderno en la parte interior, está vacío y parece semiabandonado. Supongo que se trata de un objetivo artístico-estético y sigo recorriendo la enorme infraestructura sostenida por vigas de acero, que solo tiene algunos sofás dispersos, cubiertos de polvo y salpiques de pintura. En el segundo piso encuentro un grupo de artistas trabajando sobre unos bastidores. Cuando me preguntan qué hago ahí, les digo que estoy visitando el museo.
– Es que el museo está cerrado, lo inauguraremos recién el viernes-, me dicen.

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