En las crónicas que escribió mientras surcaba el país en trenes siempre al borde de ser atacados aparecen la frontera, la ciudad de Lviv, la capital Kiev y sus suburbios, como Bucha e Irpín, que fueron objeto de masacres indiscriminadas, y luego el viaje al sur, al Donbás, a 20 kilómetros del frente. Son instantáneas de un combate que no cesa.
Antes de cruzar la frontera

Salí hacia Lviv en un tren nocturno, desde la ciudad polaca de Prezmizyl, muy cerca de la frontera. El tren va casi vacío, porque son pocos los que regresan a Ucrania, un trayecto que no debería de demorar mas de dos horas, pero puede alargarse toda una noche. Viajamos en vagones individuales con literas, en los
que entran cuatro personas.
¿Quien es la uruguaya? pregunta un militar que no tendrá más de 25 años, erguido en la puerta de la cabina del tren. Levanto la mano y le tiendo el pasaporte.
¿English?
Yes.
¿Journalist?
Yes.
Your permission , please.
Yes.
Le extiendo la Green Card que las FFAA demoraron dos semanas en
otorgarme, y le añado la carta de La Diaria, por las dudas. Habla de inglés lo que yo de ucraniano, y examina todo contrariado. Llama por teléfono al número de verificación que aparece en la Green Card, y por los pasillos se escuchan las voces de dos oficiales diciendo “uruguaian, uruguaian”. La acreditación de prensa, que se solicita a través de la web con un formulario muy sencillo, es la única documentación que pide ucrania a los periodistas para circular por su territorio. Algunas regiones, especialmente las que están en zona cero, piden además una acreditación local.
Una anciana con un tapado de piel peludo y cubierta con un pañuelo verde añejo se asoma al vagón y me habla en ucraniano. Le digo que no entiendo pero no le importa. Me sigue explicando largamente algo que necesita, sonríe y empuja una maleta verde manzana y una carrito de carga en el que lleva atado un bolsón de plástico blanco. Finalmente llega el oficial de cabina llega y me pide si puedo cambiarle de asiento. Aunque accedo, la anciana sigue contrariada. Cuando regresan los oficiales con mi documentación en regla y el sello de entrada a Ucrania, la anciana me señala con el dedo y repite “journaliste”.
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