Un chaleco y dos cascos

   

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Miro por la ventanilla del tren que me lleva a Zaporizyia y pienso qué haré mañana cuando llegue. ¿Por qué no me quedé en Kiev? No conseguí ningún contacto firme para entrevistar y temo pasar todo el día deambulando entre las calles, cargando mi mochila pesada sin conseguir nada concreto. Pero Kostyantyn me dijo que fuera a Zaporizyia, que allí estaban pasando cosas, y que se encuentra a solo cincuenta kilómetros del frente de combate. “Se pueden oír las bombas”, me dijo Kostyantyn. Y de inmediato compré un billete de tren. Pasaré toda la noche viajando para ir, y la siguiente noche para volver. Una vez de regreso en Kiev, ya pensaré el siguiente paso. 

El tren avanza casi vacío, porque muy pocos quieren ir al frente, y regresará posiblemente abarrotado de gente escapando del horror y de los combates. Los rusos rara vez atacan trenes, pero ayer lo hicieron. No quiero pensar en eso ahora. Tengo veinte horas por delante. 

Edificio destruido en Irpin, Ucrania.

El impulso

En Lviv me encontré con Violetta, a quien había entrevistado vía Zoom al inicio de la guerra. Su familia es de Odessa. Caminamos por las calles y me mostró las cosas de las que me había hablado unas semanas antes, a miles de kilómetros de distancia. Durante varios días, desde el inicio de la guerra, salí cada noche en el informativo contando lo que pasaba en Ucrania, entrevistando a expertos, a gente que pasó cerca alguna vez, a otros que aún estaban allí. Cayó una bomba en Borodianka, colapsa la frontera de Prezemyzl, hubo una masacre en Bucha, miles escapan hacia Zaporizyia. Hablaba de lugares en los que nunca había estado, de ciudades que no sabía ni pronunciar. Tenía que venir a ver aquello de lo que llevaba semanas hablando. 

Al llegar, Violetta me abrazó, en un bar en la calle Shevchenko, como si nos conociéremos de toda la vida. Antes de la guerra tenían una academia de karate y fundó una ONG que reparte insumos de protección a los militares, como chalecos, guantes o miras infrarrojas. “El ejército les provee armas para matar y nosotros les proveemos protección para que se mantengan vivos”, me dijo. Violetta empezó con su ONG hace más de un año, algo nada raro porque la guerra en Ucrania lleva ocho años, no dos meses. Me cuenta: “Empecé la ONG dos meses después de que naciera mi hijo. Sentí que debíamos protegernos, que es la obligación de todos cuidar la vida. Nadie debería de morir por descuido, por falta de protección”.

¿Cuántos años tiene el pequeño?, le pregunto. Violetta hace un gesto señalando el cielo. Ni siquiera puede decir “Mi hijo está muerto”. 

Primeras impresiones

La atmósfera está tan cargada de la guerra que es imposible no respirarla. Todo el país está empeñado en un solo objetivo: ganar la guerra. Al cruzar la frontera desde Polonia hacia Lviv, la primera ciudad en la que estuve, tres veces me pidieron el pasaporte. La primera advertencia fue que no nos durmiéramos “por las dudas”. La cuarta vez se asomó un militar a la cabina del tren: “¿Quién es la uruguaya?”. Levanté la mano en señal de aviso, le alcancé el pasaporte y la Green Card, la acreditación que dan las Fuerzas Armadas de Ucrania a los periodistas, que tiene un número de identificación al que hay que llamar para verificar. Por el pasillo se escuchaba “Urugaian, uruguaian”. Anastasia, que viajaba conmigo, me iba contando cosas utilizando el Google Translator, porque ella no hablaba ni una palabra de inglés y yo ni una de ucraniano. “El tren va más despacio de lo normal y hace paradas inesperadas, para tener capacidad de reacción si es atacado. Por eso lo mejor es viajar por la noche”, me dijo.

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Ella viajaba de Polonia a Poltava, una ciudad que está bajo ataque, para reunirse con su familia, mientras dure la guerra. Hacía dos días que viajaba en tren hacia la guerra y le quedaban todavía otras doce horas. Al llegar a Lviv, me acompañó hasta que encontramos un transporte que me llevara al hostal, me dio un abrazo enorme y me agradeció por venir a Ucrania. Ella se quedaba en la estación a dormir, porque no tenía a donde ir mientras esperaba el siguiente tren que la llevaría a Poltava. Hacían dos grados esa noche. 

El taxista que me llevó al hostal no era un taxista, porque hay toque de queda y no pueden circular autos. Es un voluntario que tiene un permiso especial de circulación y trabaja toda la noche transportando personas que llegan a la estación. Me llevó gratis, cargó mi maleta, no aceptó ninguna propina y me despidió agradeciéndome por venir, con un abrazo. 

Un auto acribillado mientras sus ocupantes intentaban escapar de Irpin. Foto: Eugenia R. Cattaneo

En Kiev

Mi plan de trabajo, a todas luces, falló. Tenía organizado permanecer dos días en cada ciudad, desde Lviv, Kiev hasta Odessa. En cada lugar tenía dos contactos que al llegar se multiplicarían, pero nada de eso pasó. Luego de dos días muy productivos en Lviv, mi contacto en Kiev desapareció. Reorganicé los planes, contacté nueva gente y pude ir a las ciudades liberadas, a Bucha, Irpin y Borodianka.

Para el día siguiente, mi chofer había duplicado el precio y tuve que abandonar la idea de ir a Chernihiv. Al final de la noche pude reunirme con Kostantyn, que me recomendó venir a Zaprozyia. “En Kiev ya no hay nada que contar”, me dijo. 

Necesitaba en forma urgente resolver las cuestiones logísticas para ponerme a escribir y mandar reportajes de todo el material que había recopilado, pero seguía necesitando conseguir un tren, un hostal y un guía para Zaporizya. Antes de que empezara el toque de queda me fui a un bar a escribir y organizarme. Apenas entré me encontré con un colega que había estado en la misma conferencia de prensa dos días antes. 

-Salgo mañana para Kharkiv. Voy por libre, paro en Poltava, necesito un fixer o un chofer que aún no he conseguido. ¿Te sumas? 

No había pensado ir allí, pero justo conocía a una chica en el tren y viajaba a Poltava.

-¿Tienes chaleco antibalas y casco?

-Tengo chaleco. 

-Pues qué suerte… justo yo tengo dos cascos. 

Publicado originalmente en Hoy Canelones

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