Solo denme un Kalashnikov

   

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Kostyantyn 

Kostyantyn me acompañó hasta la estación de tren de Zaporizyia, casi al caer la noche. Insistió en que esperara en su casa, que cenara con su esposa y sus dos niños, pero me había acompañado durante todo el día, y me negué en forma rotunda. Era demasiado. Entonces Kostyantyn cargó mi mochila hasta la sala de espera, la puso al costado de mi asiento y repitió, en su rudimentario inglés: 

-Stay here? (¿Te quedarás aquí?) 

Asentí con la cabeza. 

-Ya has hecho demasiado por mí. Estoy en deuda- le dije. 

Kostyantyn me miró, hizo apenas un  gesto con la cabeza, y replicó:

-Thank you to came. (Gracias a ti por venir.)

Antes de la guerra, Kostyantyn tenía un próspero negocio de importación de piezas metálicas desde Turquía, que distribuía a toda Ucrania. El día en el que fue a buscarme a la estación del tren de Zaporizya, justo había recibido un pedido, algo que no pasaba desde hacía semanas. Desde que empezó la guerra se alistó como chofer voluntario para ir al frente de combate a llevar suministros a los soldados, o traerlos de regreso cuando es necesario. Son unos cincuenta kilómetros de distancia hasta la primera línea, sorteando a veces bombardeos aéreos, a veces francotiradores o artillería. 

Su primer mensaje, esa mañana, fue preguntarme si estaba bien.

-Estoy a pocos kilómetros. El tren va retrasado- le respondí.

-Ok. Es que han bombardeado la cuidad ésta mañana. Te espero en la estación.

Antón 

Esa misma mañana, Antón estaba desayunando con Kate, cuando por la ventana que da al patio le pareció ver un misil pasando en dirección oeste. Lo siguiente que sintieron fue el estruendo descomunal que hizo temblar las paredes de la casa, hizo saltar las ventanas y los tiró al suelo de la cocina. De arrastras, junto a Kate, llevaron a su madre y a su abuela al sótano que está pegado a la cocina, en el jardín, construido para guardar papas y leña durante el invierno. Ahora está acondicionado con cuatro literas, sábanas, acolchados, agua y alimentos en conserva para resistir al menos dos semanas, si es necesario. 

Dos horas después, cuando llegué con Kostyantyn, estaban preparando otra vez el desayuno, al que nos invitaron. 

Los cuatro que desayunamos ese día éramos completos desconocidos. Kostyantyn, que fue a buscarme a la estación, no sabía quién era yo. Fue Ludmyla, desde Chernivzi, quién le pidió que ayudara a una periodista que estaba llegando a la ciudad. Pero Kostyantyn no habla inglés, entonces contactó a otra persona, Anton, para que hiciera de traductor, y me llevó a su casa esa mañana, donde nos conocimos.

Antes de la guerra, Anton era manager en un prestigioso restaurante de Odesa, y recorría el mundo. Desde 24 de febrero, junto a Kate y un grupo de voluntarios, cocinaron gratis en Odesa para ayudar a los desplazados y los soldados. Una mañana, su jefe le preguntó por qué ayudaba a esa gente, que Rusia estaba interviniendo por el bien de los ucranianos. Renunció en ese momento y se fue a su casa natal, en Zaporizya, donde es voluntario en varias asociaciones civiles. En el hall del segundo piso de su casa, que está acondicionando, bien doblado está su uniforme militar, la mochila con los implementos y un saco de dormir. Compró él mismo su chaleco y su casco antibalas, que le llegará desde Israel, porque en Ucrania escasean. 

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Si lo llaman a filas, o si la guerra llega antes a Zaporizya, ya sabe a dónde irá y qué tiene que hacer. 

-Solo denme un Kalashnikov. Yo haré el resto- dice. 

Eugenia junto a Kostyantyn y Anton en Zaporizyia, poco antes de la partida de la periodista.

Nikolai 

Anton, Kostyantyn y yo nos subimos al auto y empezamos la recorrida por Zaporizya. Un camino serpenteado de Check points, barricadas construidas con cemento, gomas de autos y vigas de hierro soldadas en cruz. 

-Aquí- señala Antón hacia una rotonda erizada de vehículos militares- es el cruce más importante: hacia un lado se va a Mariúpol, hacia el otro hacia Dnipro, y más allá, a Crimea, donde estaba, antes de la guerra nuestra casa de veraneo. 

Mariúpol está a escasos doscientos kilómetros y los evacuados que con cuentagotas van pudiendo escapar llegan a la ciudad, donde son albergados durante algunos días, y luego llevados a otras ciudades de Ucrania o a otros países de Europa que les ofrezcan asilo. En el centro de acogida de refugiados, que antes era un gran centro comercial, en largas mesas sirven comida a los que vienen llegando. Los voluntarios, a diferencia de ciudades como Lviv o en Polonia,  son casi todos locales, las mismas personas que han escapado de la guerra y ahora ayudan a otros. 

Nikolai llegó hace unos días. Vivía en un pueblo pequeño, en las afueras de Mariúpol. Está sentado tomando una taza de sopa. Tienen los ojos transparentes de tan azules. Tendrá unos 40 años y dos largas arrugas le marcan las mejillas cuando sonríe. Antes de la guerra era albañil. Resistió las primeras semanas en su casa, porque es lo único que tiene, pero cuando empezaron los “grad” (un arma rusa que puede lanzar muchos cohetes en forma continua), decidió irse. Junto a él se sientan dos chicos muy jóvenes que apenas hablan. Le pregunto si son sus hijos. Responde que no, que son sus vecinos. Sus padres se quedaron, pero los mandaron salir a ellos, para que se salvaran. 

-¿Cómo está la situación en su pueblo?- pregunto. 

Nikolai sonríe otra vez, con sonrisa burlona, y Anton traduce la respuesta: 

-No hay más pueblo. No hay nada, solo cenizas. 

El centro de acogida de refugiados en Zaporizyia.

Qué hago aquí

Antes de que pudiera preocuparme por quedarme sola en la estación, empezaron a sonar las alarmas antiaéreas, se apagaron todas las luces del hall central y el personal nos evacuó a toda velocidad hacia el subsuelo. 

-Abajo, abajo todos, de inmediato. ¡Es un peligro real! ¡Abajo todos de inmediato!

En medio de la oscuridad, los pocos viajeros recogieron sus bártulos de apuro. Algunos hablaban en ucraniano, dos o tres en portugués, seguramente periodistas, y otros en inglés. Estuvimos durante una hora, tal vez, escuchando las sirenas sonar, sentados en el piso helado de la estación. Algunos salieron a la superficie, pero una nueva alarma los obligó a bajar. Pasadas las diez de la noche, el tren a Kiev finalmente se puso en movimiento.

Me llegó el mensaje de Kostyantyn:

-Are you ok? (¿Estás bien?) 

-Si. Ya estoy en tren. ¿Y tú? 

-So, so. (Más o menos) 

Cuando vi alejarse el cartel luminoso que decía Zaporizyia, sentí que me arrancaban un brazo.  Sentí que tenía que quedarme allí. Me puse roja de rabia, de frustración, de angustia. ¿Porque me estoy yendo de aquí? ¿Quién va a contar lo que hace Anton, lo que hace Kostyantyn?

Al día siguiente supe que habían bombardeado Zaporizya durante la noche. 

Texto Publicado en Hoy Canelones

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