
Pinga. El sistema de control de plagas
El Pinga sabe hacer de todo: alambra, esquila, enlaza. Pero lo que más le gusta es cazar. Por eso los perros. Tiene no menos de 15 perros, famélicos como él mismo, que lo siguen a todas partes. Solo uno, Charrúa, está atado.
Enorme, negro, de orejas largas. Cuando lo ve acercarse se desespera, ladra, salta y tira de la cadena hasta casi alcanzar los hombros.
–¿Porque está atado?
–Porque no me hace caso.
–¿Es malo?
–Es.
Charrúa es cruza de cimarrón con dogo y Pinga solo lo suelta para salir a cazar chanchos jabalíes, que son plaga en el campo. El Pinga y cualquiera que esté a cargo de un campo están obligados por ley a matarlos: si no la cumplen, dice el decreto sobre chanchos salvajes, el Estado lo puede hacer por su cuenta y luego cobrarles el servicio.
Los perros chicos encuentran el rastro y los grandes los persiguen por adentro del monte hasta que los acorralan. Los chanchos acorralados atacan. A Charrúa un chancho alto un metro y medio lo atravesó desde el pecho hasta hombro con el colmillo. Respiró, dice Pinga, una semana a través del agujero.
Pinga odia los chanchos. Son la peste, dice. Los chanchos jabalíes fueron declarados plaga nacional en 1982. Matan ovejas, terneros chicos y estropean las quintas – cada vez más escasas – cuando andan cerca.
En los últimos años, con el avance de las zonas forestadas, se han multiplicado.
Pinga no ha visto nunca a nadie de la Dirección General de Recursos Naturales Renovables que obliga por decreto a los productores rurales a controlar la plaga de chanchos jabalíes.
–Ni balas se consiguen, solo las que vienen de contrabando – dice.
Hay otro decreto que reglamenta el uso de armas de fuego del que tampoco sabe nada el Pinga. En cambio, sale cada noche con sus perros y la escopeta al hombro a cazar chanchos.

El sistema de cuidado animal
La yegua estaba desahuciada desde la noche anterior. El veterinario fue a sacrificarla, pero viendo el potrillo buscar a la madre, y sabiendo que no había tomado calostro, no tuvo coraje.
– Tal vez si descansa, mañana se despierte mejor – dijo.
El potrillo no podía mamar porque la yegua no tenía fuerzas para pararse. Casi no tenía leche. La tostada era vieja y sabía que no iba a resistir el parto. Etcheverry le sacó sangre, directo de la yugular, con una jeringa gruesa, y se la dio a tomar al potrillo. Un hilo de sangre espesa le chorreaba de la boca y bajaba por el cuello hasta las patas enclenques. Después, le dieron leche.
– Si la yegua resiste otra noche, el potrillo tal vez viva– insistió, aún sabiendo que moriría.
La yegua amaneció muerta, tirada en la tierra reseca de la manguera. El potrillo, un bayo con las patas blancas, estaba parado, quieto, abajo del ceibo. Los ojos fijos, muy redondos, mirando la madre.
Etcheverry ató las patas de la yegua con una cuerda gruesa y la aferró al tractor. La arrastró despacio por el suelo pedregoso, dejando un trillo de polvo sanguinolento y cuero despellejado. El potrillo hizo el amague de seguir a la madre pero no tuvo fuerza y cayó también en la tierra.
– Hay que quedarse con él – dijo Etcheverry.
Cuando volvió de la cañada, donde había dejado la yegua, arrimó una banqueta abajo del ceibo. No es para que no muera, va a morir igual. Es para que no muera solo.
En lo de Etcheverry los caballos no se venden a frigoríficos cuando están viejos. Los caballos se mueren cuando se tienen que morir y punto. Si acaso uno se fractura una pata, se sacrifica rápido, para que no sufra. Los caballos no se entierran, se quedan ahí, en el campo. A los pocos días los caranchos y los gusanos ya le blanquean los huesos.
Hay quienes aprovechan el cuero de cualquier animal para hacer tientos. Para este oficio, artesanal y en vías de extinción, se utiliza sobre todo cuero de vaca, pero también de caballo.
Al atardecer Etcheverry ensilló el tordillo y bajó despacio hasta el arroyo. Lo siguieron los perros, en silencio. Serían dos kilómetros hasta el bajo. Desensilló lejos del agua, por los tábanos. Tendió el poncho en el pasto y puso el recado en la cabecera. El facón al costado. Los perros se echaron también, los ojos entrecerrados, las orejas alerta. Durmió esa noche y otras tres al sereno.
Hay gente sin alma, dice Etcheverry. Cómo van a lonjear la yegua.
– Trabajó toda una vida –dice con voz seca– y no la van a dejar descansar ni cuando está muerta.
No está claro si habla de la yegua.
Crónica completa en https://www.fes-uruguay.org/trabajo/trazabilidad.html
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