Fin de año en los campamentos de refugiados de Tinduf
Conocí a Endika, el vasco, cuando se sentó a mi lado en el avión rumbo a Argelia. Viajaba sola y me uní a la comitiva en el aeropuerto de Madrid. Cooperantes de todas partes del mundo se reunían para pasar fin de año 2010 en los campos de refugiados saharauis, en la hammada, al sur de Argelia.
– ¿Porqué estás aquí? – Me preguntó de inmediato. Le expliqué que era periodista y quería hacer un reportaje.
– ¿Y vos? – Me explicó que se ocupaba de derechos humanos. El principal tema de conversación entre los pasajeros era el porqué. Todos quieren saber porque los demás han decidido pasar las fiestas en el medio del desierto, y no con su propia familia. El objetivo último del viaje, que se organiza todos los años, era solidarizarse con un pueblo saharaui. El verdadero motivo, el de cada uno, era un misterio.
Dicen que todos los que van al Sahara, vuelven una y otra vez. Endika era uno de los que volvía. Había pasado también el año anterior con los refugiados, y como yo, había viajado solo. Tal vez por eso, se preocupó durante todo el viaje de que no estuviera sola. Me presentó a Marta, una cubana, y a Bachir, un saharaui, a quienes había conocido el año anterior. Apenas nos presentaron, Bachir me ofreció alojarme en su casa, muy cerca de la casa donde se quedaban Endika y Marta. Así es la hospitalidad saharaui. Me acomodaron en una habitación preciosa, cubierta por una alfombra roja, almohadones en torno a las paredes y una mesilla para el té en el centro. Solo tenía una puerta, que daba hacia afuera, y dos ventanillas diminutas a ras del suelo. Me despertaba con el canto del adhan, el llamado a rezar, antes del amanecer. Abría la ventanita diminuta, que quedaba a la altura de mi cabeza, y dejaba entrar el aire helado. Me quedaba así, acurrucada debajo de las mantas, escuchando el canto de la mezquita. Era lo que más me gustaba del desierto. Después me volvía a dormir.
El ultimo día, cuando escuché el adhan, me envolví en la manta y salí a ver el amanecer. Fui a la parte alta del campamento, al sur. Allí estaba Endika, envuelto también en una manta. Nos quedamos sentados en una especie de cubo de cemento, mirando la tierra reseca La hammada no es un desierto con médanos de arena fina y brillante. Es tierra árida y roca pelada. No hay un solo árbol, ni un pájaro, nada.
– Entonces, ya sabes porqué viniste? – me preguntó Endika..
– Tengo un reportaje.
– No tenías nada mejor que hacer, no?
– No.
– Yo tampoco. Estamos todos como unas putas cabras.
La verdad es que casi todos íbamos al desierto porque lo necesitábamos nosotros, no porque lo necesitaran los saharauis.
Esa noche, en vísperas de fin de año, nos reunimos en la casa de Bachir. El avión salía a las dos de la mañana del primero de enero, era el único vuelo de la semana y teníamos que estar en el aeropuerto dos horas antes. El viaje desde los campamentos saharauis hasta el aeropuerto de Tindurf, por una carretera en medio del desierto, dura casi una hora. Decidimos brindar a las once de la noche, para llegar a tiempo. Nos sentamos en el piso, como es la costumbre árabe. Cenamos cordero, cuscus, carne de camello y arroz. Endika se preocupó de que tuviéramos algo para comer en la cuenta regresiva. Cómo es difícil encontrar uvas en el Sahara, cortamos bananas en rodajas. A las once de la noche entonces, Marta dio las campanadas con la tapa de una olla. Nos comimos las rodajas de banana a modo de uvas, brindamos con jugo de fruta y todos se despidieron. Menos Endika. Aún a riesgo de llegar tarde, quiso quedarse hasta medianoche. La hora exacta, no se porque, era muy importante. Nos quedamos los cuatro. Esperamos a que dieran las doce en el Sahara para brindar todos juntos y finalmente salimos.
Estábamos en medio de la ruta en desierto cuando Endika anunció que, siendo la una en el Sahara, eran las doce en España. Pidió a Bachir que parara para celebrar una vez más y comer las uvas de la suerte. Entonces estallé en un ataque de furia. Le grité que íbamos a perder el avión y nos íbamos a quedar varados en medio de la nada por su manía de celebrar fin de año a cada hora. Para que quería comer unas tontas uvas, si ya habíamos comido rodajas de banana cuando fue medianoche en Moscú. Volvimos a arrancar en silencio, rumbo al aeropuerto.
Está de más decir que no hay una cantidad de abrazos, disculpas o uvas suficientes para hacerme perdonar. Cuando nos despedimos, en Argel, además de un abrazo fuerte, me dio una latita de uvas envasadas de Conad.
– Para que las comas a la hora que quieras. Traen suerte.
En la etiqueta decía “Uvas de la suerte, para comer con las campanadas de año nuevo”. No se si mencioné que Endika es vasco. Las había comprado especialmente para comer a la medianoche de España, al mismo tiempo que su madre, en San Sebastián.
Amo el Sahara como a ningún otro lugar en el mundo, y tal como habían dicho, volví varias veces. Este año, sin embargo, decidí pasar las fiestas en casa. Puse en el correo la latita de uvas que guardé durante todo el año, junto con una nota. «Querido Endika: espero que en 2011 puedas comer las uvas de la suerte, donde sea que estés, a la hora exacta. Cariños, Eugenia».
Edición especial de Brecha Fin de Año 2011


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