«Recuerdo el día del golpe de estado de Gadafi. Nadie sabia nada. Nos enteramos después, por la radio». Entrevista a Luisa Trilgia, italiana expulsada de Libia en la revolución de Gadafi. Primera Parte.
“El 1 de septiembre de 1969 fui a trabajar como todos los días, era un día normal. Llegué en mi auto hasta casi el centro de Trípoli, sin notar nada raro. De pronto había un peaje en medio de la calle, me apuntaron a la cabeza con una pistola y me dijeron: “Vuelve a tu casa” Pregunté que pasaba, y me respondieron “no te interesa”. Volví a mi casa temblando de miedo, sin tener idea que había una revolución en marcha, sin saber nada. Nadie sabía nada. Muchas horas más tarde, nos enteramos por la radio de que se trataba de un golpe de estado”.
“Nací y me crié en Tripoli. Mis padres habían nacido en Túnez. No conocíamos Italia, eramos italianos pero para nosotros era tan lejana como Norteamérica. Nunca habíamos viajado a Italia, y jamás, pensé en vivir en allí hasta que nos expulsaron”. El período de colonización italiana en Libia duró desde la invasión en 1912 hasta el fin de la segunda guerra mundial, cuando pasó a ser un protectorado británico. Durante el régimen fascista de Mussolini se impulsó fuertemente la población de la colonia, que pasó de escasos 10 mil a 120 mil en 1940.

En 1951 Libia pasa a ser independiente, bajo el reinado del Rey Idris. “Vivíamos en el limbo legal. Por ser nacida en Trípoli, tenía un documento de “residente permanente”, pero no era ciudadana Libia, y no podía salir de Libia por más de seis meses. Si me ausentaba, perdía la condición de residente. A pesar del limbo legal en el que estábamos, jamás pensé en vivir en Italia. Para nosotros era un limbo muy hermoso, no éramos conscientes de nada de lo que sucedía fuera de nuestra comunidad. Era otro tiempo.”
“Nosotros eramos los dueños de la tierra, una tierra confiscada a los libios, claramente, pero a mi nunca se me pasó por la cabeza que aquella tierra no era nuestra. Había nacido allí. Los “arabes” como llamábamos a los libios, trabajaban como empleados, eran los peones, pero entonces a nadie se le ocurría que podrían ser dueños de tierras. No teníamos más relación que la de subordinados. Ibamos a nuestros clubes, hablábamos italiano, no hubo nunca una interacción real. Recuerdo el caso de una maestra que se casó con un muchacho libio. Nadie le volvió a dirigir la palabra”
El limbo de superioridad en el que creció Luisa tuvo un dramático cambio a partir de la Guerra de los Seis días en 1967, cuando unos 6.000 judíos se vieron obligados a huír de Libia. “A partir de la guerra se dio una enorme persecución a los judíos en Libia, incendiaron sus negocios, sufrieron atentados. La mayoría se fue a Italia. Durante seis meses vivimos con toque de queda, y después ya las cosas no volvieron a la normalidad. La división entre libios e italianos se profundizó, y aunque no habían atentados contra nuestra comunidad, la tensión se sentía en el aire”.
La gran revolución se daría dos años más tarde. Fue una revolución que los tomó por sorpresa. “El 1 de septiembre de 1969 fui a trabajar como todos los días, era un día normal. Llegué en mi auto hasta casi el centro de Trípoli, sin notar nada raro. De pronto había un peaje en medio de la calle, me apuntaron a la cabeza con una pistola y me dijeron: “Vuelve a tu casa” Pregunté que pasaba, y me respondieron “no te interesa”. Volví a mi casa temblando de miedo, sin tener idea que había una revolución en marcha, sin saber nada. Nadie sabía nada. Muchas horas más tarde, nos enteramos por la radio de que se trataba de un golpe de estado”.
Durante los primeros días las cosas siguieron funcionando con cierta normalidad. “No sabíamos quién era Gadafi, ni quienes lideraban la revuelta. Al principio pensamos, como todos, que era un golpe dentro del propio gobierno, porque el rey ya estaba muy viejo”.
En octubre de 1969, Gadafi mostró sus cartas en un discurso en Trípoli: “El tiempo para las bases sobre nuestro territorio se ha terminado. No aceptamos ni bases, ni extranjeros, ni imperialistas, ni invasores”[1]. Obligó a retirar las bases militares inglesas y norteamericanas del territorio libio, y preparó el terreno para la expropiación de los bienes y la expulsión de los italianos, que vendría algunos meses después.
“Se desencadenó un odio que nunca antes había percibido, que había estado reprimido en la gente. No sufríamos violencia pero vivíamos con miedo, aterrados de los que nos pudiera pasar. Habían patrullas en la calle, nos paraban a cada momento. Empezaron a confiscar los bienes. Estabas en tu casa, entraba un grupo de personas y decían “me gusta esta lámpara, me la llevo”. En diciembre de 1969 Luisa viajó a Italia a visitar a su hermano que estudiaba en la Universidad. En enero de 1970 volvió a Libia, pero solo a recoger sus cosas. “Dejé toda mi vida en Trípoli. MI casa, mis amigos, pequeñas cosas que a veces recuerdo, y digo, “eso se quedó en Trípoli”.
La salida de sus padres fue mucho más traumática. El gobierno italiano no organizó debidamente la salida de sus ciudadanos, seguramente porque sobrevaloró demasiado su propio peso en la economía libica, como expresa un cable enviado de la embajada en di ciembre de 1969 “Los libios no pueden ni podrán tocarlos [los intereses italianos] sin arriesgarse al derrumbe de su propia economía atacándola en la base”. Gadafi no tuvo los mismos temores, y en junio de 1979 emitió un decreto por el cual expropiaba todos los bienes de los italianos, como resarcimiento por las pérdidas sufridas por los libios durante el colonialismo. A la expropiación, se sumaron las condiciones humillantes en las que fueron tratados. Por una parte, obligados a entregar todos sus bienes, y por la otra, impedidos de salir del país hasta tanto el gobierno hiciera todos los controles necesarios. ”Los exiliados esperaban horas bajo el sol, sentados sobre sus pobres valijas, mientras los libios controlaban la salida. Por los altoparlantes sonaba constantemente el himno nacional libio”
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