Los colores Jemaa El Fna en Marraquech contrasta
Montes Atlas.
No se su nombre. Apareción en medio de la carretera, siguiendo el bus turístico. Vendía piedras a 5 euros. Las más bonitas a 10 euros. Luego las vendía a 3 euros. El bus paró en la carretera, para que los turistas sacáramos fotos. No recuerdo si vendió alguna de las piedras. Cuando el bus se fue, recogió despacio sus piedrecitas de colores, las envolvió en un trapo añejo, las cargó sobre el burro y desapareció por donde había venido.
En las callejuelas de la Medina de Marrakech, una anciana acomoda los paquetes de la compra.
Marraquech
Hay lugares en los que uno se siente perdido. No conoce a nadie, no entiende nada de lo que pasa alrededor, no entiende la lengua, y lo único que quiere es salir corriendo. Pero cuando se va, siente una increíble nostalgia. Eso es Marraquech.
En Jemaa El Fna, la plaza central de la Medina, los vendedores ofrecen todo aquello que uno se pueda imaginar y más. Telas, vestidos, artesanías en cuero, metal, souvenirs baratos, comida, condimentos, fotos, alojamiento, restaurantes, paseos en camello, tatuajes de henna. Nada tiene precio. Para los turistas. Para los marroquíes, las cosas deben de ser distintas. Pero es difícil verlo.
Fez
Le di un dolar al niño que me sacó de la Medina de Fez. No tengo ninguna foto suya, no se como se llamaba. Me siguió por los callejones de la Medina durante diez minutos.
– No money – le dije.
– OK – respondió.
Cuando entré por tercera vez al mismo callejón me indicó la dirección con el dedo.
– This way.
– OK – le contesté.
Una lección de sentido común. Un dolar. No se cuantas horas al día se dedicaba a sacar turistas perdidos de la Medina.
El Desierto
Caravana de camellos, desierto y campamento bereber, en mi imaginario, tenían aspecto bien distinto a lo que encontré en una excursión turística. Los camellos, dispuestos en filas de a cuatro, unidos entre si por una cuerda, eran tirados por los guías, que iban adelante, caminando. Vestidos con la túnica típica bereber y el largo pañuelo enrollado en la cabeza, bajo los pliegues de la tela aparecían los pantalones de jean y las camisetas del Barça.
En algún punto, me sentí estafada. Daba la sensación de que apenas partiera nuestra caravana de camellos, los bereberes, tirando al costado los trajes típicos, insultarían a los cuatro vientos por el trabajo que tienen que hacer, juntarían en bolsas de plástico las botellas y las latas de cerveza que el grupo había desparramado, barrerían la arena y desarmarían las carpas como si de un circo se tratase. Si pudiera elegir, elegiría haber sido estafada. Prefiero pensar que los bereber se ríen de los turistas. Que montan un circo, lo arman y lo desarman para satisfacer la mantenerlos a raya. Mientras, protegen el corazón del desierto, lo esconden bien escondido de mi alcance y de los miles de turistas que cada día intentan invadirlo.



Deja un comentario