Es la segunda vez que paso fin de año arriba de un avión. La primera vez, lo pasé en un vuelo de Iberia, atravesando el Atlántico desde Madrid a Buenos Aires. Era el vuelo más barato en esas fechas, y los que no teníamos especial aprecio por los festejos aprovechamos la oferta. Esa vez, cuando dieron las doce de la noche en España, al capitán saludó a los pasajeros por los altavoces y una azafata pasó con bebida espumante para brindar. Al rato dieron las doce en Argentina, y otra vez todos a brindar. Los pocos viajeros, que nunca se habían visto, compartieron un brindis sobre sus bandejas de plástico, se saludaron cortésmente y después volvieron a dormir.
Este fin de año arriba de un avión fue del todo distinto. Esta vez era un viaje en Air Argelia, desde el aeropuerto militar de Tindurf hasta Argel, y de ahí a Madrid. El vuelo era la única conexión de la semana con destino a Madrid, y salía a las 02:00 de la mañana del primero de enero. Los pasajeros que tenían especial aprecio por el festejo de Fin de Año habían decidido ir a pasarlo en los campamentos del Sahara, aunque eso significara levantar la copa de una bebida sin alcohol a mitad de camino entre los campamentos y el aeropuerto.
El año anterior, fin de año en el Sahara se había celebrado con una fiesta gigante en las calles del campamento “27 de Febrero”, con gente bailando y riendo por todas partes. El vuelo de regreso había salido el 2 de enero. Pero este año no fue posible conseguir un vuelo otro día.
El brindis y la cena, entonces, se hicieron cuando dieron las doce en Moscú o Dubai. Alguien cortó una naranja en unidades de a doce, alguien más hizo lo mismo con una banana, se llenaron los vasos de jugos de fruta y alguien hizo la cuenta regresiva mientras todos comían lo que debieron haber sido uvas.
En la casa de Salazar, un grupo de personas que no se conocían, otros que se acababan de conocer y algunos que eran amigos de toda la vida, brindaron por el Sahara y le declararon la bienvenida al 2011.
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