La tierra Prometida
Llego a Israel decidida a saber la verdad. No me pesan 3 mil años de historia, decenas de actores en conflicto, millones de dólares en danza. He leído en Internet todo lo que creo se puede saber, y me voy, armada de prejuicios hasta los dientes, a ver la realidad. Apagué la TV y me senté a mirar por la ventana. Después, empecé a pisar la tierra.
Viajar a Israel significa entrar al conflicto mas endémico de Oriente Próximo, un laberinto de violencia que atrapa millones de vida y cuesta millones de dólares. Pisar la tierra del conflicto no significa entenderlo, pero ahora creo que tratar de entenderlo sin pisarla es imposible. No hablo de entender la historia, sino de mirar los ojos de miles de seres arrasados por el odio, el miedo y sobre todo, la impotencia. «El Conflicto» se desarma entonces en un caleidoscopio donde cada historia personal es un conflicto íntimo pero no ajeno al peso de la historia.
Tel Aviv y Jerusalén. Ciudades acorazadas.
Tel Aviv, en hebreo «Colinas de la Primavera» es conocida en el mundo por los atentados terroristas y no por lo bonita, pero es florida y fresca aun en agosto. Durante mi estadía hubieron varios atentados – incluso uno de la ultra derecha judía que mató un juez por acusarlo de moderado – pero de no ser por el reporte diario de nuestros anfitriones cada mañana, es imposible enterarse. Primero, porque en Tel Aviv la vida no se para, no hay tiempo para lamentarse, segundo, porque en esta ciudad, para saber que pasa, más práctico que mirar el informativo en la TV es mirar por la ventana.
Tzvika. En Tel Aviv me recibe Tzvika, amigo de una amiga que me aloja en su casa como si fuera mi padre. Me presenta el Israel que ama y al que ha regresado luego de vivir 20 años en Uruguay. Tzvika es sobreviviente de Auschwitz.
Ante el terror con que miro a los jóvenes – casi niños – armados con fusiles M16 caminar tranquilamente por la ciudad, Tzvika me cuenta son los jóvenes que están haciendo la Zavá, el Servicio Obligatorio del Ejército, al que deben presentarse todos los israelíes a los 18 años. Además del ejército, por todos lados van hombres y mujeres armados, aterradores al principio, parte del paisaje de la cuidad después. En Israel deben ir armados los guías de las excursiones, la policía, los servicios de seguridad de todos los sitios públicos y una lista larga de etc. Como muchos jóvenes luego de cumplir el servicio obligatorio, Amir, el nieto mayor de Tzvika, se ha integrado al ejercito regular.
Amir. Amir me lleva a conocer Jerusalén, la Ciudad Santa, el epicentro de la disputa. Jerusalén es simplemente hermosa. Orgulloso de enseñar su país a quien a tenido la deferencia de animarse a conocerlo – para Amir, nacido en Mattá, un Moshav a 30 Km. de Jerusalén, Israel es su país – me explica largamente y con pena que desde la segunda intifada son pocos los extranjeros que llegan a conocer Israel, y se excusa de no poder llevarme a conocer Belén, porque es administración Palestina y no podremos entrar. En el acceso a Jerusalén doy un salto en el asiento del coche al ver la doble barrera de tanques y hombres armados con metralleta que nos piden amablemente la identificación para poder entrar. Los soldados tendrán unos 20, 25 años, no son mayores que Amir. Nos dicen que hubo un atentado y han reforzado las ya imponentes medidas de seguridad. Amir muestra su identificación militar, explica que va con un huésped extranjero – yo – y que vamos a una discoteca a bailar. Muestro el pasaporte:
– Chino Recoba! me dicen. Podemos pasar.
Primera Parte. Publicado Originalmente en la revista El Gato Negro.

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